Cuando se sintió mejor, después de comer aquellas hierbas extrañas, comprendió que había una relación entre su dolor y lo que había ingerido. Sorprendido, no olvidó dónde estaba ese alivio “mágico” u “obsequiado por los dioses”. Entonces un día, alguien más se sintió mal y él o ella, le dio de aquellas hojas, tallos, raíces, flores quizá. Y la persona mejoró. 

Ese hombre primitivo había descubierto algo. ¿Cómo curaba aquello?, lo ignoraba. Por eso, cada vez que se las daba a alguien adolorido, repetía la dosis, las palabras y hasta la vestimenta usada la primera vez. Había nacido el rito sanador y había nacido el curandero, el brujo, el poderoso sabio de la tribu. 

Miles de años después, gracias a esos primeros pasos, surgió el método científico. A diferencia del ritual y la superstición, el experimentador comenzó a controlar algunas variables y a observar qué era aquella sustancia que sanaba y a desechar lo demás. 

Los siglos perfeccionaron la ruta. Es célebre el llamado “juramento hipocrático”, debido al griego Hipócrates, padre de la Medicina científica. Gracias a él, hoy la disciplina especializada en sanar la salud del ser humano se llama Medicina. Pero dos milenios antes que él, en Egipto durante los años 2690 y 2610 a.c., vivió un hombre llamado Imhotep , quizá el primer médico, propiamente dicho. A él se deben los primeros tratados médicos y que las dolencias dejaran de considerarse castigos de los dioses y se relacionaran con las funciones naturales del cuerpo. 

Y sí, aunque la Medicina siga el método científico, aún existen muchas ramas de ese quehacer que pueden considerarse “tradicionales”, “alternativas”, “naturales”, “holísticas”, etcétera. Hoy, universidades imparten estas perspectivas de la Medicina. Sin embargo, la mayor parte de la gente opta por acudir a la Medicina llamada “alopática” cuando se siente mal, y prefiere confiar su salud al médico que se ha formado en universidades científicas y se ha especializado practicando en hospitales. 

En México, durante muchos años fue un secreto a voces que los diferentes niveles de educación de la Medicina se parecían a una jerarquía muy rígida: quien está haciendo el Servicio Social le lleva el café al que está haciendo el Internado, quien, a su vez, es ayudante y milusos del R1 (es decir, del Residente en primer año de especialización), y éste del R2… y éste del R3. 

Paralelamente, también existen quienes no estudian Medicina, sino Enfermería, y ahí también hay pregrados, grados y posgrados. Y hay otras carreras técnicas relacionadas con personal de salud. 

¿Siempre ha sido así la estructura y el currículum de la educación médica en nuestro país? ¿Cuándo surgió? ¿Cuánto ha cambiado? ¿Cómo ha influido el acelerado progreso de la tecnología en la impartición del conocimiento y la práctica médica? ¿Qué pasó durante la pandemia con la necesaria rotación hospitalaria y el contacto médico-paciente? 

 

COMO EN LAS NOVELAS COSTUMBRISTAS… 

La literatura y el cine nos han acostumbrado a ver o imaginar escenas en las que un herido sangra copiosamente de una extremidad a punto de ser amputada con el apoyo “anestésico” de unos tragos de aguardiente para atontar, mientras el médico serruchaba pierna o brazo y contenía la hemorragia con trapos y luego, con hilo y aguja, mientras varias personas sostenían al paciente por la fuerza. 

La cosa era así, efectivamente. El mismísimo presidente y luego dictador de México, López de Santa Anna, perdió una pierna durante la llamada Guerra de los Pasteles (contra Francia) de mediados del Siglo XIX, y se sometió a tal operación. 

Desde Imhotep e Hipócrates, el conocimiento médico ha avanzado mucho. De las hierbas a las sulfas y sales a la penicilina y la cirugía, hay un mar de sufrimiento, tanteo y éxito. Cuando los médicos y los investigadores comenzaron a dar con fármacos eficaces, la humanidad comenzó a tener mayores expectativas de longevidad y calidad de vida. Para entonces, las instituciones educativas de los diferentes países estaban ya fincadas y listas para el paso siguiente. 

 

MÉXICO Y EL DOCTOR IGNACIO CHÁVEZ 

Los hospitales del Siglo XIX solían ser grandes galerones sin divisiones y los estudiantes practicaban asistiendo a los doctores-profesores, viendo pacientes enfermos del estómago junto a la cama de una mujer con una infección post-parto, al lado de un enfermo de la piel y quizá a un paso de alguien que se recuperaba de un mal pulmonar. 

La primera división hospitalaria fue: Medicina interna, Obstetricia, Pediatría y Cirugía. Esto cambió con el Siglo XX, cuando las disciplinas médicas comenzaron a especializarse. Hoy, son tantas las subespecialidades que los médicos que llevan a cabo estudios muy profundos terminan sabiendo “sólo de su campo” y se declaran incapaces de atender otras áreas. 

La Facultad de Medicina de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), para aterrizar en el ejemplo más importante de nuestro país, tiene su origen en la Real y Pontificia Universidad de México, en el Siglo XVI. En 1553 se graduó el primer médico mexicano: Juan Blanco de Alcázar. La primera cátedra de Medicina se dictó en esta Facultad, y fue la primera de todo el continente americano, en 1579. ¿Qué se enseñaba? hipocratismo, anatomía y cirugía (se comenzó a practicar disección con cadáveres). 

La historia moderna de la Facultad de Medicina comienza con Valentín Gómez Farías, en 1833, ya en el México Independiente. 

El modelo educativo puede resumirse en esta dicotomía: el hospital es escuela. A finales de ese siglo surgieron hospitales como el General o el Juárez y ya se impartían clases de Bacteriología, Odontología y otras. 

Con la Revolución, el país renovó instituciones y, sobre todo, objetivos. La salud, al menos constitucionalmente, debería ser para todos. El plan de estudios de la carrera médica incrementó los años de cinco a seis e incluyó internado hospitalario. Las prácticas de laboratorio, las clases teóricas y la atención directa a enfermos formaban parte de la cotidianidad del estudiante. 

Pero, además, comenzó a darse más importancia a la visión humanista, el bien social, la importancia de que todos tuvieran acceso a la atención médica. La salud pública y la salud privada comenzaron a convivir mediante convenios de colaboración. En 1936 se hizo obligatorio el servicio social en áreas rurales o marginales durante un semestre. 

El posgrado se fundó en 1951. Y, gracias al nuevo campus, llamado Ciudad Universitaria, la Facultad de Medicina (aunque aún no se llamaba así; este nombre se oficializó sólo hasta 1960; antes era Escuela Nacional de Medicina) se extendió, recibió más alumnos y estrenó nuevo plan de estudios en 1956. 

Ignacio Chávez no sólo es el padre de la Cardiología en nuestro país: su rectorado, en los años 60 del siglo XX, fincó las bases que aún hoy se perciben en todos los planes de estudios de Medicina de nuestro país. 

 

LA GLOBALIZACIÓN 

La sociedad mexicana, profundamente desigual, ha dado frutos desiguales, como no podía ser de otra manera. Hay escuelas de Medicina de excelencia y otras mediocres, pues el sistema que evalúa y certifica las universidades no se ocupa de todas, sino sólo de las que quieren desarrollar un prestigio, por decirlo así. 

Hasta antes del sexenio actual, se contabilizaban más de 165 escuelas o facultades de Medicina en México, privilegiando el negocio por encima de la calidad. En 2002 surgió el Consejo Mexicano para la Acreditación de Educación Médica (COMAEM) para tratar de regular mejor el surgimiento de escuelas privadas.

Sobrepoblación, necesidad de más médicos y con mejor calidad: los planes de estudio se están comenzado a dirigir a las nuevas necesidades de la sociedad. Como es lógico, las nuevas herramientas (endoscopios, apps que miden signos vitales, láser, telemedicina y mil utensilios más) han ido incorporándose a los planes de estudio, que siguen girando en torno a la teoría, la clínica y la enseñanza. Hoy no puede pensarse en Medicina sin innovación, educación continua y visión social. 

En la actualidad, la carrera de Medicina dura entre cinco y siete años: formación básica (aulas), educación clínica (hospitales), internado (quinto año, llamado pregrado; sistema rotatorio en todas las áreas hospitalarias), servicio social (sexto año; ofrecen, sobre todo, atención primaria a poblaciones rurales o con poco acceso a servicios médicos. 

Aunque también hay servicio social en investigación y en Medicina familiar, este último considerado ya como primer año de especialización), y luego viene el examen profesional. Con el título, ya se puede ejercer la Medicina profesionalmente. Posgrados, o residencias médicas, propiamente las especializaciones, dependen mucho del cupo de las escuelas, tristemente. 

 

LA ERA DIGITAL Y UNA PANDEMIA 

Parece obvio que el médico debe estar en contacto directo con el paciente; no hay clínica sin ello. Sin embargo, la tecnología ha avanzado mucho y la pandemia de Covid-19, que llegó a cambiar la vida cotidiana del planeta, ha acelerado la llamada transición hacia la tecnología digital. La carrera de médico está modificándose a pasos acelerados. Ahora es cotidiano ejercer la telemedicina, usar los dispositivos portátiles, la inteligencia artificial.

Inglaterra en 2019, reconoció que es urgente adecuar los planes de estudio de Medicina para incorporar la tecnología a la enseñanza médica. Lo dijo antes de la pandemia, hoy lo tiene como prioridad uno. 

Y no se trata sólo de impartir clases o dictar conferencias vía Zoom y desde plataformas digitales sincrónicas o asincrónicas, ni de usar programas 3D, simuladores virtuales, bibliotecas en línea, apps interactivas para desarrollar ciertos conocimientos “audiovisuales”, o para medir frecuencia cardiaca, presión arterial, glucosa, etc. 

Sino usar, por ejemplo, la inteligencia artificial para llegar a prever, desde la genética, las futuras enfermedades de los pacientes. ¿Será posible llegar al ideal de tener fármacos hechos a medida del paciente, únicos y exclusivos para él y que cualquier laboratorio cercano pueda “despacharlos”? 

También la ética médica está cambiando con la era digital. El médico ya no es ese gurú prehistórico ni el sabelotodo decimonónico. Hoy debe rendir cuentas, pues está muy vigilado, y aprender a usar la tecnología que, en un descuido, puede hacer pública la privacidad del paciente y su expediente médico. 

Los planes de estudio deben enseñar a diagnosticar y monitorear a distancia, cómo ordenar una terapia digital, cómo volver híbrida la adquisición de conocimientos, cómo cuidar al personal médico de futuras epidemias o pandemias, cómo enfrentarse a un mundo que ha metido el acelerador a fondo y cómo curarlo de enfermedades que quizá aún no existen mientras el estudiante cursa su carrera. 

Lo primero que hay que hacer es curarse de espanto y entrarle al reto.

 

Fuente:
Ramos Terrazas, V. (2022). EDUCACIÓN MÉDICA: MÁS DE 5,000 AÑOS QUE HOY ACELERAN. Horizontes del Conocimiento, 152(1), https://www.aesculapseguridaddelpaciente.org.mx/docs/revista/2022/Oct2022.pdf

 

¿Qué tal? ¿Sabías que la medicina había pasado por tantos cambios a lo largo del tiempo? Si te gustó esta nota, y te interesa la medicina en general, no olvides visitar nuestro blog en: 

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